domingo, 30 de junio de 2013

SESION DE MEDIACION FAMILIAR. ICAValladolid.

https://www.youtube.com/watch?v=LLiODjVIT-g

La ACTITUD comunicativa: SER COMUNICANTES.


Dice TOURNEBISE (en "El arte de comunicarse") que si reflexionamos sobre lo que es la comunicación  nos daremos cuenta de que para que dos personas puedan decirse cosas - para que puedan comunicarse-  primero tienen que tener una actitud comunicativa, una voluntad de ser comunicantes, lo cual exige tres requisitos:

1º/ Una actitud abierta a emitir información, que exige “estar abiertos a los demás” (y no “cerrados en nosotros mismos”), sin lo cual la información no saldría de nosotros.
 
---A veces hay un problema de comunicación debido a que uno está "encerrado en sí mismo", de manera que esa actitud le lleva a la incomunicación y al aislamiento.

2º/ Emitir la información solamente cuando el receptor esté preparado para recibirla, porque no se trata sólo de emitir información, sino de emitirla y, además, de que sea recibida (que es su fin natural).
El emisor deberá favorecer la actitud receptora del otro creando un ambiente cordial que facilite la comunicación, y deberá estar atento a la actitud del otro para valorar si está preparado para recibir la información.

---A veces hay un problema de comunicación debido a que el emisor emite su información en circunstancias en las que el otro no está preparado para recibirla.

Y 3º/ Estar dispuestos a recibir la réplica de nuestro interlocutor, especialmente cuando sus opiniones son diferentes a las nuestras.

Recibir la réplica del otro no significa estar conforme con ella sino “aceptarla y comprenderla” como algo que el otro, desde su particular punto de vista, tiene derecho a pensar, sentir y expresar.

---A veces hay un problema de comunicación porque no estamos dispuestos a recibir la réplica del otro.

Tournebise afirma que lo primero es "SER" comunicante, y que después vendrá el actuar como comunicante. Con ello quiere decir que en comunicación no hay que poner el acento en "lo que hay que hacer" (para ser comunicante) sino en "lo que hay que ser" (comunicante), porque el "ser" es lo primero y nos llevará al "hacer" (actos de comunicación).

En definitiva, lo esencial es "ser" comunicante, encontrarse en un "estado comunicante" al que no nos dice cómo se llega, pero si nos lo describe.
 
JOSÉ ANTONIO GERMÁN LÓPEZ-ACOSTA.
ABOGADO Y MEDIADOR.

miércoles, 26 de junio de 2013

El PROTAGONISTA de la comunicación y sus HERRAMIENTAS.


Los comentarios que siguen se basan en ideas extraídas del libro “El arte de comunicarse”, de Thierry Tournebise (Ed. Robinbook, 1.996, cap. 3).

 
La comunicación requiere un(os) protagonista(s) o actor(es), que es (son) la(s) persona(s) que comunica(n), y unos accesorios, que son la herramienta física (órganos físicos emisores y receptores), y la herramienta mental.

En la comunicación el actor es el ser humano individual, el individuo.

Para que haya comunicación el individuo debe estar presente. No está presente cuando no está interesado en lo que el otro le transmite. Entonces, aunque físicamente esté ahí, mentalmente no está, y por eso decimos que está ausente (suele decirse que está en la luna). En realidad está en alguna parte de su paisaje interior; no presta atención al otro.

 La herramienta física son los órganos físicos encargados de emitir y recibir información (básicamente los órganos de la fonación, el oido, y los músculos de la cara). Lógicamente no funcionan solos sino que requieren que la persona se encuentre en estado o actitud comunicante.

La herramienta mental incluye competencias mentales conscientes e inconscientes, y puede ajustarse a situaciones variadas e incluso a situaciones nuevas. Se trata de una poderosa herramienta que fabrica y almacena imágenes mentales, clasificándolas por parecidos y diferencias con otras imágenes ya existentes. Resulta imposible engañarla con mensajes no-verbales porque detecta rápida e inconscientemente las situaciones engañosas del no-verbal. Por eso, si aparentamos que comunicamos, no conseguiremos engañar a nuestro interlocutor.

Ambas herramientas –física y mental- funcionan normalmente de la siguiente manera: La herramienta mental recibe informaciones de la herramienta física y las procesa para que, después, el individuo envíe una orden a la herramienta física para el cumplimiento de la acción que quiere realizar.

 Excepcionalmente hay reacciones reflejas o en cortocircuito, y movimientos automatizados, en los que interviene menos o nada la conciencia del individuo.

 La constatación de que pueden estar presentes las dos herramientas en ciertas acciones que requieren su intervención (como por ejemplo, conducir un coche) y de que nosotros podamos estar ausentes (funcionando como si tuviéramos un piloto automático mental) pone en evidencia que no somos nuestra herramienta mental (tampoco la física). Cuerpo, mente e individuo están íntimamente ligados y cualquier cambio en la esfera de alguno de ellos afecta a las esferas de los otros dos.

 El flujo de información desde un individuo emisor hasta otro individuo receptor pasa por varias fases en el curso de las cuales puede perderse o distorsionarse parte de la información.

En cualquiera de las fases puede haber un déficit de transmisión o de recepción que dé lugar a que la información que el emisor pretendía enviar llegue parcialmente o distorsionada. Por eso resulta razonable en ocasiones pedir aclaraciones o decirle a nuestro interlocutor lo que hemos entendido y preguntarle si era eso lo que quería decirnos.
 
En el acto de emitir y recibir hay sujetos -emisor y receptor-  y objetos -informaciones verbales y no verbales-.

Debe resaltarse que siempre deben ser más importantes los sujetos que los objetos que se intercambian, porque las personas siempre son más importantes que las cosas. Es decir, que lo que digamos, por importante que sea, nunca debe aparecer a nuestros ojos como más importante que aquel a quién se lo decimos. Y asimismo, lo que nos digan, por importante que sea, nunca debe aparecer a nuestros ojos como más importante que aquél que nos lo dice.

 Cuando se da más importancia a las palabras o a las ideas que a los sujetos la comunicación se corta, porque los sujetos no se sienten respetados y su actitud deja de ser comunicante (si es que lo había sido en algún momento).

Para comunicarse es necesario acercarse o aproximarse al otro como individuo. Esto requiere un esfuerzo  porque supone salir de uno mismo, y entrar en el terreno del otro, donde no nos sentimos seguros ni sabemos si nos va a gustar lo que encontremos (que pueden ser problemas, ideas que no compartimos, etc.). Por eso a veces se habla de "mantener las distancias". Pero si uno quiere comunicarse sólo se pueden “mantener las distancias” con las ideas o con los problemas del otro, "no con el otro", al que necesariamente tenemos que acercarnos.

La comunicación es necesaria y es lo natural. La falta de comunicación produce estrés, es fuente de tensiones y dificulta la convivencia.

JOSÉ ANTONIO GERMÁN LÓPEZ-ACOSTA.
ABOGADO Y MEDIADOR.

martes, 25 de junio de 2013

EL PAISAJE INTERIOR.


Los comentarios que siguen se basan en ideas extraídas del libro "El arte de comunicarse", de Thierry Tournebise (Ed. Robinbook, 1.996, cap. 2).

 
Cuando miramos a nuestro alrededor creemos que vemos “la realidad”, y, además, creemos que todo el mundo la ve. Son dos errores –sobre la objetividad absoluta del conocimiento individual, y sobre la generalización del mismo- que dan lugar a problemas de comunicación.

Aunque parezca que vemos “la realidad” lo que vemos es “nuestra realidad”, una elaboración mental que parte de las percepciones del momento y de las informaciones acumuladas que hemos ido recibiendo de nuestro entorno a través de nuestras percepciones. De ésta manera cada persona va construyendo a lo largo del tiempo su propio “paisaje interior”, que es único para cada persona, y que es la razón por la cual la realidad no es percibida de la misma manera por todo el mundo.

 
El error de creer que todos tenemos el mismo paisaje interior ocasiona problemas de comunicación, entre los que se encuentran: a) la no-comunicación (por considerar que, como hemos visto lo mismo que el otro, no es preciso comunicarle nada), b) los malos entendidos (por atribuir al otro cierto conocimiento -que nosotros tenemos pero que él en realidad no tiene- que en nuestra opinión exigiría cierto comportamiento u omisión que no realiza, y c) el rechazo a la diferencia (por considerar que el otro está equivocado).

La dificultad para admitir la diferencia suele llevar a querer convencer al otro (diferente) de mis valores, opiniones, gustos, creencias, etc. Esa actitud no es comunicación porque no respeta al otro, sino que pretende que el otro sea como yo, piense como yo, etc., es decir, que el otro deje de ser él mismo.

 La actitud correcta ante la diferencia es pensar que el otro tiene razón (desde su punto de vista) y yo también (desde mi punto de vista). Y que podemos ampliar el campo de conocimientos compartiéndolos con respeto.

 La tendencia que tenemos a combatir la diferencia procede de que en nuestro paisaje interior estamos solos, y le tenemos miedo a la soledad. Por lo que, para no quedarnos solos, estamos dispuestos a imaginarnos que tenemos la misma percepción que los demás, que hay un mundo absoluto al que podemos hacer referencia común. Pero el precio que pagamos por ello es enorme, porque perdemos la individualidad, que es nuestra riqueza.

Sólo asumiendo nuestra soledad interior, nuestra diferencia, y permitiendo que el otro haga lo mismo, podremos llegar a un espacio de encuentro de nuestras individualidades.

 
JOSÉ ANTONIO GERMÁN LÓPEZ-ACOSTA.
ABOGADO Y MEDIADOR.

 

lunes, 24 de junio de 2013

Pasar de LA RELACIÓN a la COMUNICACIÓN.

Estoy releyendo un libro muy interesante sobre comunicación que compré en 1.997. Se titula "El arte de comunicarse" (subtitulado "Técnicas para comprenderse con o sin palabras y mejorar nuestras relaciones humanas),  de Thierry Tournebise (Ediciones Robinbook S.L.; 1.996) En su primer capítulo expone algunas ideas que voy a comentar a continuación.

En la comunicación interpersonal hay diferentes grados o niveles. Nuestra comunicación con la mayoria de las personas suele ser una comunicación limitada a la relación -normalmente superficial- que tenemos con ellas. A este tipo de comunicación de poca intensidad  podemos denominarla "relación". En una relación cada uno es relativo al otro, está de alguna manera vinculado al otro, y hay una influencia mutua de comportamientos u omisiones, unos conscientes y otros inconscientes, debidos a la presencia del otro. Así, se hacen cosas que no se harían en ausencia del otro, y se omiten cosas que se no se omitirían en ausencia del otro. En su aspecto consciente podemos cambiar o ajustar el tipo de trato que tenemos con otra persona, y en definitiva la relación. Pero tiene también un aspecto inconsciente e involuntario.

  La "comunicación verdadera" -la "comunicación"- es algo más que relación; "es una forma especial de relación en la que uno comprende y es comprendido por otro". Esta definición ya da una idea de la poca frecuencia con la que se produce la verdadera comunicación (en adelante la "comunicación").

La "comunicación"presupone una decisión personal, consistente en "ser comunicante" con otra persona.

Sin embargo, con frecuencia elegimos lo contrario, es decir, "no comunicar" y mantenernos en el terreno de la relación. Esto suele deberse básicamente al miedo (a los demás, y a uno mismo) derivado de experiencias vitales que en el pasado nos hicieron daño y que no supimos integrarlas en nuestro ser como elementos enriquecedores, por lo que las arrastramos como una pesada carga que condiciona nuestra comunicación. Por eso sería conveniente revisar y estructurar todas nuestras experiencias de comunicación del pasado para aprovechar la riqueza que puedan aportarnos y liberarnos de lo que sólo sea una pesada carga.

Tanto en la"relación" como en la "comunicación" hay dos maneras simultáneas de comunicarse, la verbal y la no-verbal. La comunicación no- verbal transmite alrededor del 90% del mensaje, y en caso de discordancia entre el mensaje verbal y el no-verbal que le acompaña, el receptor da más credibilidad al no-verbal porque ofrece más garantías de autenticidad al ser más espontáneo y de más difícil disimulo.

La comunicación verdadera presupone reciprocidad en la información (que se da y que se recibe), así como admisión de la información que nos transmiten, lo cual no quiere decir conformidad con la misma sino aceptación, en el sentido de respetar y aceptar lo que el otro nos transmite, comprendiendo y aceptando -aunque no se compartan- sus opiniones, sus emociones, etc., sin juzgarlo y sin pretender cambiarlo.

Por ello puede decirse que "comunicar es hacer de la relación una oportunidad de crecimiento recíproco".

Comunicar de verdad es una elección y da lugar a una actitud de apertura.

JOSÉ ANTONIO GERMÁN LÓPEZ-ACOSTA.
ABOGADO Y MEDIADOR.



sábado, 15 de junio de 2013

LA ELECCIÓN entre LO JUSTO JUDICIAL y LO JUSTO EN MEDIACIÓN.

Para elegir si la solución de un conflicto la buscamos por la vía judicial o por la vía de la mediación podrían considerarse las exigencias básicas de una y otra vía.

Para obtener LO JUSTO JUDICIAL son necesarios cuatro requisitos:
 1º/ tener razón desde el punto de vista legal (a veces no se tiene razón ó no se tiene toda la razón);
 2º/ saber pedirla (a veces no se sabe pedir o no se sabe pedir correctamente);
 3º/ poder probarla (a veces no se puede probar o no se puede probar todo lo que uno quiere), y
4º/ que el Juez te la quiera dar (lo que a veces no ocurre, aún concurriendo los otros tres requisitos, por interpretar la ley o las pruebas de manera diferente y perjudicial para los intereses del solicitante; por un cambio de criterio legal o jurisprudencial, etc.).

Quiere ello decir que un juicio puede perderse:
1º/ por no tener razón;
2º/ por no saber pedirla;
3º/ por no poder probarla;
4º/ por que no te la quieran dar, ó incluso
5º/ por varios de esos factores.

Frente a ello, para obtener LO JUSTO EN MEDIACIÓN hay que llegar a un ACUERDO en un procedimiento de mediación, dirigido por un profesional, pero que sólo depende de las partes (siempre que puedan legalmente disponer de los derechos de que se trate). Ello supone:

1º/ que no es preciso tener razón desde el punto de vista estrictamente legal, sino que es suficiente con tener razón o parte de razón con un sentido de justicia más amplio, aceptado por acuerdo de las partes;
2º/ que no es preciso saber pedirla, porque el mediador ayudará a las partes en conflicto a exponer y pedir lo que interese a cada una,  y equilibrará la posición de la parte que lo necesite;
3º/ que no es preciso probar, pues en pocos casos se practica alguna prueba (normalmente pericial) y son las partes las que deciden sobre la manera de practicarla y la manera de valorarla; y
4º/ que no es preciso que nadie te de la razón  puesto que son las propias partes las que se dan a sí mismas y a la otra una solución razonable para todas.


En la elección de la vía a seguir -judicial o mediacional-  (y también en la tesitura de llegar o no a un acuerdo dentro de un procedimiento de mediación), el interesado tendrá que valorar, entre otras cosas, cuál sería su "peor alternativa a un acuerdo negociado" (PAAN), y si ésta se le representa mentalmente como muy perjudicial para sus intereses -con riesgo de no solucionar su problema, o de salir condenado en un eventual procedimiento judicial- podría ser un motivo razonable para elegir la vía de la mediación en vez de acudir a la vía judicial.

JOSÉ ANTONIO GERMÁN LÓPEZ-ACOSTA.
ABOGADO Y MEDIADOR.








miércoles, 12 de junio de 2013

LAS EMOCIONES, LAS CONDUCTAS, Y LA MEDIACIÓN.

"No nos afecta lo que nos sucede sino lo que nos decimos acerca de lo que nos sucede" (Epícteto, siglo I d.C.).

Entre lo que nos sucede y nuestras emociones hay una instancia intermedia que es nuestro pensamiento. Ahí es donde interpretamos la realidad, cada uno desde nuestra particular perspectiva (condicionada por nuestra historia personal, nuestras experiencias anteriores, nuestras creencias más arraigadas, nuestros valores, etc.), y ahí es donde puede hacerse una interpretación correcta o incorrecta de la realidad. Por tanto, nuestro pensamiento sobre lo que nos sucede (exteriormente) es -principalmente- lo que determina nuestras emociones. Es decir, es nuestro diálogo interior el que produce nuestras emociones. También es cierto que en ocasiones la conducta influye sobre las emociones, pero la influencia determinante es la del pensamiento.

El buen diálogo interior se suele aprender durante la infancia. No obstante, si en su momento no se aprendió a tener un buen diálogo interior, se puede aprender en cualquier momento; es cuestión de actitud y de esfuerzo.

Los tipos de comportamiento de las personas están muy vinculados con su diálogo interior, que puede dar como resultado tres tipos diferentes de conducta: "asertiva", "sumisa", o "agresiva".

La conducta asertiva es la de la persona que se comunica con los demás con respeto y con sinceridad; con seguridad en sí misma, con buena autoestima; es la de la persona que suele conseguir los objetivos que se propone, y cuyas emociones son las adecuadas a las circunstancias. Esta conducta permite comunicarse con otras personas con claridad y con respeto, expresando pensamientos, sentimientos, necesidades o deseos.
Es el justo medio entre la conducta sumisa (complaciente, insegura, poco sincera, con baja autoestima, que no suele conseguir sus objetivos...) y la conducta agresiva (dominadora, irrespetuosa, con una autoestima alta pero irreal, que suele conseguir objetivos a costa de los demás...).

Por tanto, la secuencia sería esquemáticamente la siguiente: suceso---pensamiento (correcto/incorrecto)---emoción (adecuada/inadecuada)---conducta (adecuada/inadecuada).

En cada persona los pensamientos, las emociones y las conductas no son siempre totalmente correctos.

De ahí que surjan conflictos, algunos intrapersonales y otros interpersonales.

Los conflictos interpersonales pueden ser objeto de mediación. Por eso es importante que el mediador conozca el origen de estos conflictos, el funcionamiento de las emociones, y su influencia sobre las conductas.

JOSÉ ANTONIO GERMÁN LÓPEZ-ACOSTA.
ABOGADO Y MEDIADOR.





MEDIACIÓN E INTELIGENCIA EMOCIONAL.

"No hay ningún viento favorable para aquél que no sabe a qué puerto se dirige" (Arthur Schopenhauer).

Así es. No hay viento favorable para quien no sabe a dónde se dirige.

Cultivar la inteligencia emocional nos permite saber, primero, dónde estamos (cuál es nuestra realidad), y segundo, hacia dónde queremos ir (en caso de que tengamos interés en cambiar nuestra realidad actual).

La inteligencia emocional tiene un aspecto interno, personal, de autoconciencia de nuestra realidad, del control de nuestras emociones, y en éste aspecto podemos y debemos motivarnos para realizar los cambios personales que sean necesarios con el fin de ir a donde nos interesa.
La inteligencia emocional también tiene un aspecto externo, de relación con otras personas. En éste aspecto tomamos conciencia de la realidad de esas otras personas, a las que debemos aproximarnos de una manera empática (comprendiendo y respetando). Y, además, en ésta relación con otros debemos cultivar las habilidades sociales, especialmente el conjunto de habilidades que engloba la asertividad (básicamente comunicación adecuada y respetuosa con los demás, y seguridad y confianza en uno mismo).
La psicología cognitiva ha desarrollado interesantes aportaciones en éste campo. Yo vengo recomendando la lectura del libro "El arte de no amargarse la vida"; un éxito del psicólogo cognitivo Rafael Santandreu, un reciente éxito editorial cuya presentación puede verse un youtube a modo de conferencia de una hora de duración, que también recomiendo ver.
Según GOLEMAN la inteligencia emocional nos permite entender, controlar y modificar estados ánímicos propios y ajenos. Por eso es fundamental en la mediación. Por una parte, la mediación será más fácil de llevar a cabo en la medida en que las partes en conflicto tengan cierto desarrollo de su inteligencia emocional (cuanta más inteligencia emocional tengan las partes en conflicto más posibilidades habrá de llegar a un acuerdo). Por otra parte, la inteligencia emocional del mediador también contribuirá de manera muy importante a que la mediación sea un éxito, por lo que el mediador deberá esforzarse en desarrollar constantemente su inteligencia emocional.

JOSÉ ANTONIO GERMÁN LÓPEZ-ACOSTA.
ABOGADO Y MEDIADOR.
12-6-2.013.