miércoles, 26 de junio de 2013

El PROTAGONISTA de la comunicación y sus HERRAMIENTAS.


Los comentarios que siguen se basan en ideas extraídas del libro “El arte de comunicarse”, de Thierry Tournebise (Ed. Robinbook, 1.996, cap. 3).

 
La comunicación requiere un(os) protagonista(s) o actor(es), que es (son) la(s) persona(s) que comunica(n), y unos accesorios, que son la herramienta física (órganos físicos emisores y receptores), y la herramienta mental.

En la comunicación el actor es el ser humano individual, el individuo.

Para que haya comunicación el individuo debe estar presente. No está presente cuando no está interesado en lo que el otro le transmite. Entonces, aunque físicamente esté ahí, mentalmente no está, y por eso decimos que está ausente (suele decirse que está en la luna). En realidad está en alguna parte de su paisaje interior; no presta atención al otro.

 La herramienta física son los órganos físicos encargados de emitir y recibir información (básicamente los órganos de la fonación, el oido, y los músculos de la cara). Lógicamente no funcionan solos sino que requieren que la persona se encuentre en estado o actitud comunicante.

La herramienta mental incluye competencias mentales conscientes e inconscientes, y puede ajustarse a situaciones variadas e incluso a situaciones nuevas. Se trata de una poderosa herramienta que fabrica y almacena imágenes mentales, clasificándolas por parecidos y diferencias con otras imágenes ya existentes. Resulta imposible engañarla con mensajes no-verbales porque detecta rápida e inconscientemente las situaciones engañosas del no-verbal. Por eso, si aparentamos que comunicamos, no conseguiremos engañar a nuestro interlocutor.

Ambas herramientas –física y mental- funcionan normalmente de la siguiente manera: La herramienta mental recibe informaciones de la herramienta física y las procesa para que, después, el individuo envíe una orden a la herramienta física para el cumplimiento de la acción que quiere realizar.

 Excepcionalmente hay reacciones reflejas o en cortocircuito, y movimientos automatizados, en los que interviene menos o nada la conciencia del individuo.

 La constatación de que pueden estar presentes las dos herramientas en ciertas acciones que requieren su intervención (como por ejemplo, conducir un coche) y de que nosotros podamos estar ausentes (funcionando como si tuviéramos un piloto automático mental) pone en evidencia que no somos nuestra herramienta mental (tampoco la física). Cuerpo, mente e individuo están íntimamente ligados y cualquier cambio en la esfera de alguno de ellos afecta a las esferas de los otros dos.

 El flujo de información desde un individuo emisor hasta otro individuo receptor pasa por varias fases en el curso de las cuales puede perderse o distorsionarse parte de la información.

En cualquiera de las fases puede haber un déficit de transmisión o de recepción que dé lugar a que la información que el emisor pretendía enviar llegue parcialmente o distorsionada. Por eso resulta razonable en ocasiones pedir aclaraciones o decirle a nuestro interlocutor lo que hemos entendido y preguntarle si era eso lo que quería decirnos.
 
En el acto de emitir y recibir hay sujetos -emisor y receptor-  y objetos -informaciones verbales y no verbales-.

Debe resaltarse que siempre deben ser más importantes los sujetos que los objetos que se intercambian, porque las personas siempre son más importantes que las cosas. Es decir, que lo que digamos, por importante que sea, nunca debe aparecer a nuestros ojos como más importante que aquel a quién se lo decimos. Y asimismo, lo que nos digan, por importante que sea, nunca debe aparecer a nuestros ojos como más importante que aquél que nos lo dice.

 Cuando se da más importancia a las palabras o a las ideas que a los sujetos la comunicación se corta, porque los sujetos no se sienten respetados y su actitud deja de ser comunicante (si es que lo había sido en algún momento).

Para comunicarse es necesario acercarse o aproximarse al otro como individuo. Esto requiere un esfuerzo  porque supone salir de uno mismo, y entrar en el terreno del otro, donde no nos sentimos seguros ni sabemos si nos va a gustar lo que encontremos (que pueden ser problemas, ideas que no compartimos, etc.). Por eso a veces se habla de "mantener las distancias". Pero si uno quiere comunicarse sólo se pueden “mantener las distancias” con las ideas o con los problemas del otro, "no con el otro", al que necesariamente tenemos que acercarnos.

La comunicación es necesaria y es lo natural. La falta de comunicación produce estrés, es fuente de tensiones y dificulta la convivencia.

JOSÉ ANTONIO GERMÁN LÓPEZ-ACOSTA.
ABOGADO Y MEDIADOR.

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