viernes, 13 de septiembre de 2013

PRESENCIA, PRESENTE Y PREGUNTAS.

Esta entrada es una reelaboración de lo expuesto por TOURNEBISE en el capítulo 5 de “El arte de comunicarse”, editado en España en 1.996 (y cuyo título original era “Se comprendre avec ou sans mots”, “Comprenderse con y sin palabras”).

Una de las características esenciales de la actitud comunicante es la de estar presentes como individuos. Ello requiere no sólo PRESENCIA física sino también presencia mental, la cual supone prestar atención a nuestro interlocutor, tanto en sus verbalizaciones como en su no-verbal, para escucharle y para comprobar que efectivamente hemos establecido comunicación y que continuamos comunicando (pues en cualquier momento pueden surgir pequeñas rupturas, o una ruptura importante, que impida la continuación de la comunicación).

La presencia se produce en el momento PRESENTE, que es la fuente de toda nuestra información, incluso la relativa a hechos que ocurrieron en el pasado. Entre los registros mentales de las informaciones que vamos acumulando hay que distinguir la información meramente registrada (recibida y archivada como acumulación de conocimientos, pero muy limitada en su comprensión y en su posible utilización por la inteligencia), de la información estructurada, la cual no sólo ha sido registrada sino que además ha sido integrada en la conciencia, está localizada ordenadamente en nuestro paisaje interior, y permite que la inteligencia extraiga de ella toda su riqueza. Estos registros mentales estructurados son modulables e interactivos, y cada vez que los exploramos –a lo largo del tiempo- modificamos la estructura de sus informaciones con los nuevos datos que tenemos disponibles en ese momento.

A la información se accede mediante PREGUNTAS. Para acceder hay que hacer las “preguntas adecuadas”, y, desde luego, en la actitud adecuada (comunicativa).
Todas las respuestas están en el interior de nuestro interlocutor esperando a que se formulen las “preguntas adecuadas” para poder salir al exterior.
La actitud comunicativa presupone una actitud de respeto y agradecimiento hacia la persona que acepta comunicarse con nosotros, pues la comunicación no es algo que ella nos deba sino algo que nos regala.
Por otra parte, la actitud de respeto “hacia el otro” es proporcional a la actitud de respeto “hacia uno mismo”. 

La verdadera comunicación no se consigue mediante técnicas sino que requiere una  manera de ser y de pensar, una manera de “vernos” a nosotros mismos y de “ver al otro”.

Debemos atrevernos a profundizar –mediante preguntas- en nuestra manera de ser y en nuestra manera de pensar, y en función de las respuestas, realizar en nosotros los cambios que sean necesarios. 
  
La comunicación requiere “DAR Y RECIBIR ATENCIÓN”. En ella hay RECIPROCIDAD. Sin embargo, la experiencia nos enseña que todo el mundo quiere que se le preste atención (que se le reconozcan sus cualidades o sus logros, o que se  les tenga en cuenta), pero que son pocos los que están dispuestos a prestar a los demás. Por eso hay poca comunicación.
La realidad es que no es posible recibir atención si previamente no se ha dado. 

Desde luego no hay comunicación cuando simplemente se intenta “llamar la atención” realizando comentarios banales, como ocurre cuando se encuentran varias personas y empiezan a hablar cada una de su tema, “colocando” sus historias sin importarles realmente si son importantes para los demás, o si en realidad les están escuchando. Son intercambios verbales propios de  las relaciones sociales que no llegan al nivel de la verdadera comunicación (se encuentran en el nivel de la relación).

En la comunicación hay que “saber dar”, permitiendo que el receptor disponga libremente de lo que le doy y hay que “saber recibir”, aceptando adecuadamente aquello que se nos da.

Cuando doy de verdad, el que recibe conserva su libertad para disponer de lo recibido como quiera, pues no le impongo nada, y en consecuencia está cómodo conmigo y no establece distancias.

Si sólo aparento que doy, en realidad estoy limitando la libertad del otro (le impongo algo), y al sentirse atrapado prefiere mantener la distancia conmigo.

Dar y recibir atención suelen ir juntos, de manera que el que sabe dar también sabe recibir.

Hay que saber recibir incluso los agradecimientos profundos o las felicitaciones. Esto no lo hacemos bien cuando nos limitamos a realizar comentarios superficiales que le quitan importancia al asunto como si realmente no la tuviera (es una norma de urbanidad que en realidad rompe la comunicación porque al quitarle importancia a lo que sí la tiene, entramos en ruptura con nosotros mismos y con la realidad). Una recepción adecuada requiere comentarle a nuestro interlocutor algo pertinente relacionado con lo que para él ha sido importante, expresando con naturalidad, por ejemplo, que a pesar de las dificultades encontradas o del esfuerzo realizado, lo hemos hecho con mucho gusto, o lo hemos hecho porque lo estimamos a él).

Recibir es especialmente difícil cuando lo que debemos recibir no nos gusta o  es desagradable (críticas o agresividad). Pero el problema, cuando hay dificultades, no está en el objeto sino en que nosotros no hemos sabido recibirlo.

La recepción de la comunicación nos resulta más fácil cuando quien nos da su atención lo hace de verdad y al mismo tiempo es capaz de recibir nuestra reacción cualquiera que esta sea (aquí hay comunicación, pero esto raramente se produce), o cuando lo que el otro espera de nosotros es lo mismo que a nosotros nos interesa darle/decirle (aquí lo que hay es interés, relación, y posible manipulación, pero no comunicación verdadera).

Con frecuencia se comete el error de centrar  la atención en el contenido de la comunicación, perdiendo de vista que lo más importante es nuestro interlocutor (que es la fuente). Esto ocurre por ejemplo cuando nuestro interlocutor deja momentáneamente de decir cosas interesantes (según nuestro punto de vista) y nosotros simplemente dejamos de escucharle, rompiendo así la comunicación.

Para evitar esa ruptura le deberíamos preguntar qué representan para él esas cosas que nosotros encontramos menos interesantes. Él nos explicaría entonces porqué para él son interesantes esas cosas, con lo que nosotros saldríamos enriquecidos con la información facilitada (que es su punto de vista) y la comunicación podría continuar.

Casi todo lo dicho para la comunicación con "otro" es aplicable a la COMUNICACIÓN "CON UNO MISMO" (a nuestro diálogo interno). Todas las respuestas están nuestro interior y sólo esperan para salir a que nos hagamos las preguntas adecuadas. Aquí la cuestión será si queremos “saber sólo lo que nos conviene” o si "realmente queremos saber”. Porque suele ocurrir que vamos buscando que los demás nos presten su atención y, sin embargo no nos prestamos atención a nosotros mismos, al individuo que cada uno somos (no a los personajes que representamos).

Conocerse y aceptarse facilita mucho la comunicación porque una vez que nos conocemos y nos aceptamos a nosotros mismos estamos más preparados para conocer y aceptar a los demás.

  
JOSÉ ANTONIO GERMÁN LÓPEZ-ACOSTA.

ABOGADO Y MEDIADOR.